Anteriormente, este era un un trayecto poético y visual de Agustín Calvo Galán. Ahora pasa a ser un medio de propaganda del europeísmo y de la Unión Europea. Las imágenes y videos y todos los textos: autoría de A.C.G. puedes usarlos, siempre y cuando menciones la procedencia y autoría. Gracias.
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domingo, 5 de diciembre de 2021

"Papi, no se puede pagar sin aliento" de Ricardo Hernández Bravo


Nunca he estado en la isla de La Palma y, sin embargo, la conocía gracias al poeta Ricardo Hernández Bravo; sabía de "Alas de metal", sabía de "Los posos de la sed", sabía de "La piedra habitada", sabía de "Pausa para anuncios".  

Ahora, el mundo entero sabe que en medio del Atlántico un volcán tiene acento palmero; aunque a veces ruge estromboliano y a veces hawaiano, tal vez porque todas las islas del planeta, en su aparente pacífica existencia, están unidas por las aguas inmensas y por la combustión interior. Mientras tanto, Hernández Bravo nos presenta otro libro, "Papi, no se puede pagar sin aliento" (El Sastre de Apollinaire, 2021), en el que la poesía se libera de cualquier referencia actual y se convierte en lenguaje íntimo y familiar, atemporal. Una frase dicha por su hijo le sirve al poeta para inventarse una nueva manera de escribir; una nueva, ansiada y vieja, inocencia en la que se dice con fuerza y se dibuja alterando la colocación normativa de las palabras en las frases, tal vez como haría libremente un niño que se apropia del lenguaje, en el instante justo en que se desprende del balbuceo y comienza la conversación.

"Papi, no se puede pagar sin aliento" es un delicado ejercicio de reinvención, un estupendo libro que se lee y se mira (gracias también a las ilustraciones de Graciela Janet) en la complicidad del feliz reencuentro con uno mismo.

dijo sin / y me tenté / y vi mi hueco (pág. 47)

jueves, 2 de julio de 2020

miércoles, 29 de enero de 2020

Reseña de "Y habré vivido" por Ricardo Hernández Bravo

"Y habré vivido" consigue trasladarnos la sensación de pérdida, de desmoronamiento de la vida y los recuerdos y a la vez de la cultura y los asideros intelectuales y estéticos que nos sustentan, de esa Europa cuyo hermoso legado de luces y sombras, de encuentro y mestizaje parece resquebrajarse y volverse confuso también. Pero paralelamente a esa impresión de duda y extravío, de ese “llegar y tentar paredes”, de la trágica pregunta que se hace el autor (“¿Me estaré muriendo?”) nos vamos tropezando en estos versos con los oasis redentores que nos brindan la música, la pintura, el cine, la arquitectura, etc. Así, en ese viaje angustiado que realiza a través de la vida y la literatura parece abrirse un resquicio, una posibilidad de pervivencia a través del arte y, sobre todo, de la palabra y la memoria que conforman nuestra historia.  
En este poemario, como en otras de sus obras, Agustín consigue que la experiencia de lo vivido nos llegue como vista en una película, con esa hermosa pátina de esplendor y apariencia de perdurabilidad que nos trasmite la imagen de los mitos, los rostros hermosos y jóvenes, las voces inmortales  que parecen conjurar la inexorable huella del tiempo. 
Lo que perdura al fin en mi lectura es el eco de ese “Y/ si pudiera, escribiendo, seguir” que nos plantea: el lenguaje como posibilidad de recomienzo, de salvaguarda de la memoria. Es algo que particularmente me obsesiona en este mundo que tiende a la uniformidad y simplificación de los mensajes: la pérdida del lenguaje y, con él, la memoria. Y en este libro se constata también el deseo del autor de que el lenguaje diga diferente, ese trabajo de forzar a la palabra para que punce y horade: “pero la tierra/pero el subsuelo/pero la zanja abracadabra”; “siempre hay un lazo/que me asta y me capa”; “me desangro cuanto vivo”; “me andamio”; “me frontera”. 
Un libro lleno de temblor humano, de resistencia íntima ante la amenaza de ese “anhelo de ser no ser” que oscuramente nos ronda. 

Ricardo Herández Bravo

miércoles, 30 de octubre de 2019

"La piedra habitada" de Ricardo Hernández Bravo

La comprensión del paisaje es también la asunción de su forma. El poeta Ricardo Hernández Bravo se lanza a decir su tierra natal, la isla de La Palma, en la que sigue viviendo, delimitándola en cada uno de los poemas que componen "La piedra habitada" (Ediciones La Palma, 2017). Delimitándola, pero no limitándola. El lenguaje puede contener, pero también hacer ilimitable aquello que nombra. El poeta isleño opta por registrar el horizonte y hacer del paisaje un impulso personal y formal:

"Insemina la piedra
el tiento de la mano en su escrutinio."
(pág. 28)

Porque la piedra, aquí ese pedazo de tierra rodeado en todas sus partes por el mar, se convierte en corporeidad humanizada:

"Se hace carne la piedra,
el lajial esculpido en la sorriba."
(pag. 29)

o también:

"Acaricio la cara de la piedra,
la oscura piel curtida de intemperie"
(pág. 56)

La isla, al fin, es el paisaje abarcable en el que vive en presente el autor, pero también es su pasado y el de sus ancestros, un lugar reconocible para el caminante e inabarcable para el poeta, que se sustenta en ella para mirar la infinidad de sus fronteras:

ISLA
estrecha de paredes,
rotunda de horizontes.
(pág. 42)

Así, Hernández Bravo consigue, con una sencillez magnífica y en un juego de espejos, hacer del afuera un interior; como en el estupendo haiku (forma clásica y mínima por antonomasia de aproximación poética a la naturaleza) con el que cierra el libro:

Sobre las aguas
del aljibe sin techo
sombra de nubes.
(pag. 66)

domingo, 8 de marzo de 2015

"Los posos de la sed" de Ricardo Hernández Bravo

En el viaje de la creatividad la poesía no puede ser nunca un lugar al que llegar, sino un punto de partida. El último libro del poeta canario Ricardo Hernández Bravo, Los posos de la sed (Baile del Sol, 2014), es una magnífica propuesta para adentrarnos en un vasto espacio de exploración; ahí el poeta transita abriendo sendas nuevas que el lector podrá apreciar y hasta gozar siempre y cuando se libere, antes de adentrase en el libro, de todos los prejuicios literarios establecidos; pues uno de los primeros rasgos que podremos apreciar en los poemas de Hernández Bravo es su alejamiento absoluto de cualquier moda o modismo, de cualquier lugar común actual o pasado. Verso a verso el lector puede dejarse sorprender tanto por la concisión estética, como por la utilización de algunas figuras retóricas -como la aliteración- que aquí no se usan para conseguir efectos embellecedores, sino para incitarnos o provocarnos cierta extrañeza y atraer nuestra atención. Así:

Lo emboscado condensa mi deseo.
(pág. 65)

Hernández Bravo aúna, trabaja a la perfección sobre el idioma y con el pensamiento, y desarma un entramado en el que la paja ha sido eliminada y queda, sin merma, como si de un cincel se hubiera servido, la forma limpia, exacta, concentrada de la creación, del poema que, al leerlo o abrirlo, se transforma desde la apariencia de extraña flor hermética en inmarchitable valentía por mostrarnos su belleza sin exotismos, como en el monóstico:

Alentamos el don que nos flagela.
(pág, 33)

Al fin, la sed también como concupiscencia, como deseo de agua; en la paradoja del que vive en una isla: rodeado del agua que no puede beber. De esta manera, la poesía sirve en el viaje no solo de la creatividad, sino en la mismísima existencia humana y sin soslayar sus contradicciones, como la sed le sirve al hombre para ser, aunque implique, siendo, también su agotamiento y (auto)destrucción.
Los posos de la sed no nos dejará sedientos sino saciados para emprender una nueva singladura. Felizmente la buena poesía no es obvia y transcurre en libros como éste.